Gulmarjan, el pastor que quería leer
Gulmarjan, tenía entonces 15 años y vivía con sus cinco hermanas en Lalander (un pueblo en las cercanías de Kabul, Afganistán), nunca había tenido la oportunidad de asistir al colegio y apenas podía contener su entusiasmo sobre la perspectiva de aprender a leer y escribir, una oportunidad que, en lo que le concernía a Gulmarjan, no podía llegar suficientemente rápido. En la medida que las semanas se escurrían, su agitación creció al punto que estaba convencido que la construcción no avanzaba a velocidades aceptables y por lo tanto, en un esfuerzo en apurar las cosas, decidió marcar personalmente a Wakil y recordarle constantemente la importancia que las cosas fuesen terminadas pronto. Cada vez que Wakil estuviera en Kabul, Gulmarjan desarrolló el hábito de llevar sus cabras a pastar lo más cerca posible del sitio de construcción de manera de que él pudiera monitorear el progreso, al mismo tiempo que vigilar a sus animales, y posteriormente reportar sus observaciones en la siguiente visita de Wakil. Fue el curso de esta vigilancia, una tarde al principio del verano, cuando todos en el pueblo escucharon una explosión proveniente del lugar en que Gulmarjan acostumbraba llevar a sus cabras.
Afganistán es uno de los países más minados en el mundo, durante la ocupación soviética y la guerra civil siguiente, prácticamente todos los rincones del país fueron sembrados con minas terrestres, y de acuerdo a las mejores estimaciones, el país todavía tiene entre 1,5 a 3 millones estos aparatos enterrados en su suelo. Continúan matando o mutilando alrededor de 65 civiles mensualmente, y, como muchos otro aspectos de la guerra, la gente que se lleva la mayor parte del sufrimiento son los niños.
El aparato en que Gulmarjan pisó era una mina soviética antipersonal, que había sido puesta en el terreno más de 20 años atrás, y cuando el gatilló su detonador, la explosión de voló la mitad inferior de su torso. Cuando su alterado padre llegó donde él, puso el niño en un burro (nadie en Lalander tiene auto), después lo transfirió a una bicicleta y frenéticamente pedaleó hacia la estación médica más cercana, en Kabul.
Cinco horas más tarde y apenas habiendo recorrido un cuarto del camino a Kabul, Gulmarjan murió en los brazos de su padre.
En julio de 2004, visité por primera vez Lalander y quedé impresionado por todo el progreso que el equipo de construcción de Wakil había hecho. La tragedia de la muerte de Gulmarjan le había bajado el ánimo a todos, especialmente cuando su padre Faisal Mohammed se presentó a saludarme.
Un hombre apuesto que unos 45 años con una barba gris y ojos aguamarina, Faisal Mohammed quiso mostrarme el lugar que su hijo estaba enterrado. Nos tomó menos de cinco minutos caminar desde el sitio de construcción hasta el punto en que Gulmarjan había pisado la mina. Su tumba era un simple conjunto de piedra rectangular apilado a unos 60 cm de alto. En la cabecera de la tumba había un cilindro de metal verde, un cartucho de artillería de la época soviética, en el que había varios mástiles pequeños con las banderas verde y blanca de Afganistán que suelen flamear sobre las tumbas todo el país. Esparcidos entre las rocas cercanas podían verse fragmentos de metal, pedazos filosos de cobre y acero, que eran parte de la mina que mató a Gulmarjan.
Mientras Wakil, Sarfraz y yo, permanecíamos de pie, en silencio frente a la tumba, Faisal unió sus manos frente a su pecho y ofreció una oración fúnebre por el niño cuyo cuerpo descansaba sus pies. Para la mayor parte de los hombres musulmanes, el nacimiento de un hijo hombre es el más importante evento en sus vidas, por lo tanto la muerte de un hijo es seguramente uno de los más devastadores.
Pero la pena de Faisal era de un nivel que el resto de nosotros difícilmente podríamos percibir. Además de sus otras cinco hijas y Faisal había tenido también otros dos hermanos mayores y ellos también estaban muertos. Faisal Haq, el mayor, había muerto de difteria; Zia Hullah, el hombre del medio, murió en un accidente de auto. Ahora el tercero y último de sus hombres también había muerto, y la agonía en el corazón de Faisal era algo más allá de lo que Wakil, Sarfraz o yo podríamos describir con palabras.
Mientras estábamos de pie al lado de la tumba y cargados con el peso de estos pensamiento podíamos escuchar el sonido de la gente trabajando, escuchábamos claramente el sonido de la gravilla en las palas y del mortero fresco proyectado a las piedras, proveniente del sitio de trabajo a menos de 100 m de distancia. Quizás fue nuestra conciencia de la proximidad de este trabajo, y la forma en que el sonido de las herramientas se sobreponía con las palabras en la oración fúnebre de Faisal, que nos hizo darnos cuenta de cuan cercanas la muerte de éste niño y el nacimiento esta escuela habían estado. Después de un momento de silencio me dirigí a Faisal y le sugerí que, con su permiso, estaríamos honrados y construir un sendero en memoria de su hijo que uniera la escuela y la tumba de Gulmarjan. Apenas Faisal dio su consentimiento y agradecimiento, Wakil partió a hacer los arreglos.
La escuela cuya construcción Wakil dirigió es una hermosura. Es un edificio de un piso, verde y blanco, en una pendiente justo al final del camino arriba de una huerta con manzanos y cerezos. Hay seis salas de clases más una oficina para el profesor y un patio de juegos. Más allá del extremo norte del patio, un conjunto de 20 escalones conduce un sendero de hormigón al final del cual se encuentra la tumba de Gulmarjan. El nunca tuvo la oportunidad de sentarse en una clase y aprender de los profesores, pero todo nosotros creemos que él está conectado, simbólicamente, de seguro, pero también en espíritu a la escuela que el soñó algún día asistir.
Poco después de este proyecto estuvo terminado tres cosas ocurrieron.
Con la aprobación de su padre, la energética hermana de Gulmarjan: Saida, ingresó al primero básico. Ella ha demostrado ser un estudiante excepcional, su sueño de ser la primera médico mujer en la historia de Lalander. Y en los ojos de su padre, un hombre que hasta hace poco pensaba que sus cinco hijas debían permanecer en casa, Saida encarna los sueños que sus tres hermanos hombres muertos, no pudieron completar.
Además, Faisal también decidió ir a la escuela, algunos meses después de la muerte de su hijo, se enroló en un curso de 18 meses de entrenamiento, para calificarse como un especialista profesional en desminado. Posteriormente, se unió a una compañía llamada RONCO, que remueve minas terrestres en todo el país. La paga era buena (ganaba como US$ 500 al mes, más de cuatro veces lo que normalmente obtenía) pero el trabajo le impedía estar con su familia, así que finalmente renunció. Faisal vendió una porción de su tierra y voluntariamente comenzó a limpiar de minas el área en torno a su pueblo. Para septiembre 2009, había descubierto y removido 30 minas terrestres alrededor de Lalander y su escuela.
Y finalmente, Sarfraz y yo, decidimos contratar a Wakil como director para Afganistán del Instituto para Asia Central.
Stones into Schools: Promoting Peace with Education in Afghanistan and Pakistan, Greg Mortenson, 2010, ISBN-10: 0143118234, http://www.amazon.com/Stones-into-Schools-Promoting-Afghanistan/dp/0143118234/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1289182211&sr=8-1#
